“El conservadurismo está asomado en una esquina”: Rafael Cabrera, autor de Redada en una fiesta hippie

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“El conservadurismo está asomado en una esquina”: Rafael Cabrera, autor de Redada en una fiesta hippie
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Rafael Cabrera reconstruye en el libro Redada en una fiesta hippie una noche que se convirtió en el retrato del México autoritario de los años 70. En entrevista, habla de la diluida contracultura actual

Alejandro Jodorowsky no podía tener sosiego. La Dirección Federal de Seguridad lo vigilaba, las asociaciones católicas de México acusaban a su cine de profano y exigían su deportación y, ahora, la madrugada del 12 de febrero de 1971 , estaba preso en los separos de la entonces Procuraduría General de la República .

¿Su delito? : estar en una fiesta a la que no quería ir. La policía llegó al domicilio del festejo, en Paseo de la Reforma 935 , en las Lomas de Chapultepec, y arrestaron a los 140 asistentes. La caravana de patrullas rompía la quietud de la noche.

Dentro de las julias iban los dueños de la casa —los hermanos Manuel y Toribio Obregón Moreno —, y los invitados. La mayoría eran actores o artistas, como Isela Vega y su esposo Jorge Luke , o como Arnoldo Cohen , Helen Escobedo o Arturo Vega , que años después diseñaría el escudo de la banda de punk Ramones , y el propio Jodorowsky. Frío y tenaz, el aire estremecía al cineasta, que sufría los estragos de la gripe.

En los separos de la policía rezaba para que no lo deportaran a su natal Chile . A lo sumo decía: "me van a quitar mi casa, me van a separar de mis hijos...

", y clavaba la barbilla en el pecho. En los expedientes que el Archivo General de la Nación resguarda sobre Jodorowsky, se lee que la DFS sabía que el creador de la psicomagia se comprometió con los estudiantes de la Universidad Autónoma de Puebla a ofrecer una conferencia sobre temas hippies . También sabían que, en enero de 1971, voló a la antigua Yugoslavia .

Ese mes también asentaron su reciente cambio de domicilio: calle Lerma número 330 interior 10, Col. Cuauhtémoc, de la actual Ciudad de México. Jodorowsky ya tenía suficientes problemas. Entonces llegaron los periodistas y los fotógrafos.

Al amanecer, en los kioscos de revistas se leía en las portadas de la prensa: " Redada en una orgía hippie " o "142 artistas y drogadictos, detenidos". Esta historia permaneció oculta más de cuatro décadas, hasta que el periodista Rafael Cabrera la encontró en 2013.

" Fue amor a primera vista ", confiesa en su libro Redada en una fiesta hippie , la crónica en la que reconstruye una noche que se convirtió en el retrato del México autoritario de los años setenta. Para escribir el libro, Cabrera entrevistó a más de veinte personas, consultó expedientes , revisó una quincena de libros y reprodujo el contexto histórico de la redada. Tras su publicación, el volumen despertó el interés de distintos periodistas.

En entrevista con Confabulario , Cabrera habla de cómo preparó esta historia, pero también sobre Alejandro Jodorowsky, de la persecución a la contracultura en los años setenta y reflexiona sobre la sociedad mexicana actual. La invitación Nos encontramos en el vestíbulo del Museo de Arte Contemporáneo , en Ciudad Universitaria. En este lugar, antes de la pandemia Cabrera entrevistó a Eduardo Ruiz Saviñón , director teatral que estuvo en la fiesta y también fue detenido.

Esta tarde, Cabrera viste unos pantalones de mezclilla oscuros y una camisa azul cielo de la misma tela. La manga corta deja ver sus brazos con algunos tatuajes: vestigios del adolescente que iba al tianguis alternativo del Chopo para cambiar discos y buscar revistas de música, como La mosca en la pared. —Siempre quise ser periodista , desde niño; es lo único que he querido ser.

Había gente que leía La Jornada , Proceso, y decía: "yo quiero entrevistar al presidente o a políticos", pero lo mío fueron las revistas de música. Para mí la música ha sido como esas cosas que te salvan y dan sentido. Tal vez por eso uno de los personajes que más me gustan es Arturo Vega , les agarré cariño a todos. Cuando acabé el libro sentí nostalgia y lloré un poco.

Dije: "ya se me acabó el verano con mis amigos". Aunque admite que él se quedaría con Isela Vega y con Arturo Vega, Cabrera vuelve a Arturo. La noche de la redada llevaba una blusa de mujer. Su melena larga y su figura andrógina desconcertaron a los policías y lo raparon.

—Mataron al hippie y liberaron al punk . Es una transformación no solo personal, sino de una década: terminan los 60 y comienzan los 70. Se acaba lo hippie e inicia algo más duro, más agresivo. Incluso las drogas cambian: adiós al LSD, venga la cocaína.

A través del seguimiento policial a Jodorowsky, los archivos que consulté también muestran aquel cambio de época. En los expedientes de la DFS se lee que durante la filmación de La Montaña sagrada —al parecer en el Panteón Jardín de la Ciudad de México—, " no existió ningún respeto por las tumbas, ya que las utilizaron para tomar sus alimentos, recostarse e instalar equipo". Jodorowsky también filmó en el atrio de la Basílica de Guadalupe .

Los registros del AGN dicen que, tras el estreno de la película, la Unión de Católicos Nacionalistas Mexicanos exigió la deportación del chileno y se manifestó en contra del abad Guillermo Schulemburg , que dio los permisos de grabación. Para la escritora Brenda Ríos , Acapulco , el lugar donde nació y pasó su infancia, “está más cerca de la tierra que del cielo azul y despejado”. Un paraíso y un infierno al mismo tiempo.

De niña, desde su casa familiar, cerca de playa Caleta , veía llegar las hordas de turistas chilangos de clase trabajadora ansiosos de gozar la arena y el mar, muchos de ellos por primera vez en su vida. El rastro de basura que dejaban a su paso parecía terminar de sepultar aquellos destellos del glamour que entre 1940 y 1960 hizo brillar al puerto.

Mientras tanto, a kilómetros de esa popular playa, comenzaba a levantarse una especie de fortaleza con mansiones habitadas por políticos, estrellas de televisión y cantantes como Luis Miguel , uno de los principales promotores del impulso turístico del puerto hacia 1980 y 1990. Ese nuevo esplendor, sin embargo, se concentró en enclaves exclusivos.

La gente de a pie siguió viviendo al día, prestando servicios, dedicándose al comercio de cualquier cosa, habitando pequeñas casas Infonavit diseñadas con una arquitectura hostil , sin aire acondicionado ni acceso a la brisa del mar. Esas imágenes discordantes toman forma en Sweet Acapulco.

Crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra , una serie de relatos en los que Brenda Ríos pinta a ese puerto lejos de la postal del edén tropical y más cerca de un western .

“Un western absoluto, sangriento, jocoso, libidinoso, con vista al mar. Con pistoleros a sueldo. Sicarios pubertos dispuestos a morir por un pago de dos pesos. Una película de Tarantino con un Frank Sinatra al fondo: seductor, manipulador, dueño de todo.

Y al final, alguien, no se sabe quién, da la orden de incendiarlo todo”, escribe la autora en el prólogo del libro. En entrevista, Brenda Ríos habla de la constante contradicción que define a este puerto, concebido como un paraíso turístico que oculta profundas desigualdades sociales, violencia y una vida cotidiana precaria para sus habitantes. ¿Cómo concebiste esta serie de crónicas? Tenía unos textos aislados, que son los más antiguos del libro y que son estas postales tan contradictorias.

Yo le había llamado originalmente Cuarto con vista , que era como imaginar que le estoy explicando a alguien qué es Acapulco . Porque me pasa una cosa con mis amigos chilangos, ya llevo aquí más de la mitad de mi vida, pero uno tiene que explicar siempre su lugar de origen por todos los lugares comunes, entonces, yo me lo he pasado en las cenas explicando que Acapulco no es así como creen.

Entonces me puse a hacer esta serie de textos, a partir de lo que para mí es Acapulco. Hay unas cosas donde se estira un poco la liga. Sí está el mar, pero también la tanqueta militar.

Ese tipo de cosas que se ven en la prensa y pasan desapercibidas para el ciudadano común porque se acumulan las tragedias y uno no tiene tiempo para ponerles atención como la playa en Semana Santa llena, con militares resguardando a los turistas, o aquella foto de unos turistas canadienses, hace 3 o 4 años, que están en una playa tomando cerveza y hay un cuerpo al lado. Este libro surge de ahí.

Hablo también de cosas que parecen exageradas, pero no lo son, como cuando vivía en Acapulco y empezaba a publicar, mientras estaba haciendo una traducción en verano, hacía un calor tremendo que si me quedaba en la cama acababa empapada, me levantaba y la cama quedaba empapada de sudor. Te tienes que bañar tres veces al día. Suena exagerado, pero uno no vive siempre con aire acondicionado. Todo el mundo cree que Luis Miguel es mi vecino.

No, Luis Miguel no vive ahí. Vive en Miami o en Los Ángeles. La gente de dinero no vive ahí , usan Acapulco, lo explotan. Luis Miguel fue uno de los principales promotores del centro comercial más grande, con tiendas donde las camisas te costaban entre tres y cinco mil pesos.

¿Qué ciudadano de clase media o trabajadora de Acapulco va a poder ir? Son estos enormes contrastes que suceden en todos los paraísos turísticos, a costa de la gente que vive en las periferias, que a veces no tienen acceso al mar, ni siquiera brisa. Por ejemplo, hay un Infonavit en Caleta cerca de la playa, pero las casas están construidas en bajadas, con escalones.

Es casi un atentado porque son casas de interés social y no ves el mar , solo lo escuchas y no entra ni brisa. A las dos de la tarde con ese sol calcinante tienes que prender la luz. Tú dime si eso no es arquitectura hostil. ¿Fue un paraíso ideado para turistas y para gente rica?

Claro. Yo crecí en los años 80 y me tocó ver llegar a los turistas más humildes porque mi casa está a siete minutos de Caleta. Llegaban camiones y camiones, llenaban la calle de basura y yo de niña me escandalizaba, le decía a mi papá: “pero es que vienen y solo echan basura” . Y él me puso una regañiza que nunca se me olvidó: “Tú no sabes lo que esta gente ahorró.

Esta es la persona que es el zapatero, la empleada doméstica, que ahorró un año de su vida para poder venir y conocer el mar”. Claro, yo solo me fijaba en lo feo, en lo sucio, pero era verdad. Estamos hablando de un relato de clase. Yo diría, siendo exagerada, que es muy lo mío, que ocho de cada diez ciudadanos de la Ciudad de México y del Edomex conocieron el mar, gracias a Acapulco.

Mencionas que Acapulco no tiene una actividad económica con tanto arraigo, como la tendrían otros lugares, agricultura o artesanías…¿Cómo se ha formado la identidad de Acapulco? ¿Qué es lo que los define, cuáles son sus tradiciones? La identidad acapulqueña siempre ha sido complicada. Hay un libro maravilloso de Ricardo Gariba y y otro de María Luisa Puga donde se la pasan explicando qué es Acapulco, igual que yo.

Creo que hay una relación con lo del pícaro playero, que está muy bien explotado en Simbad el mareado , de Tin-Tan . Sobre la actividad comercial primordial, Acapulco era un puerto pesquero como muchos otros. Hay todavía zonas muy parecidas a como era ese Acapulco, pienso en Playa Ventura , que es la Costa Chica de Guerrero y es la frontera con Oaxaca. Ahí la gente todavía tiene su enramada y de eso vive.

Así me imagino Acapulco en esta especie de pre paraíso construido en los años 40. Era un pueblo costero al que, de repente, llegó una banda de gringos a poner negocios con permiso, por supuesto, de las autoridades locales. Si me preguntas cuál es la actividad comercial de Acapulco, es el comercio y los maestros de educación básica de la SEP.

Y la única actividad tradicional por la que el puerto se para y por la que los maestros no regresan a trabajar, son los jueves de pozole. Antes se acostumbraba que esos jueves de pozole se hicieran show trasvesti. Identidad como tal, creo que hay una parte del carácter acapulqueño que es a la vez encantador y a la vez abusivo, en algunos casos, como el que te ofrece un servicio turístico.

No sé qué fue primero: si el chilango que llega y educa al acapulqueño para agandallar al otro o fue una combinación muy extraña porque son bien listos, a veces abusivos; también está el encantador y maravilloso que te dice: “Mi reina, regresa cuando quieras, aquí te abrazamos”. Creo que hay todavía una imagen del Acapulco bonito, pero ¿cómo viven la realidad quienes habitan allí, el que presta servicios y que también tiene que pagar derecho de piso?

Pues es una cuestión muy dura porque, en realidad, Acapulco vive al día . Los taxistas, los urbaneros, la gente que se dedica a servicios de transporte, colectivo o privado, vive al día. Los demás, los meseros, los que te rentan la sombrilla, todos viven de propinas. La propina es un tema impresionante en los puertos.

También por eso puedo entender el abuso, porque en dos días de Navidad o dos días de Semana Santa quieren sacar para los meses siguientes. Entonces todo eso ha sido un golpe muy duro. Cuando todavía vivía allá en Acapulco, había dos millones de habitantes, ahora hay una disminución de la población, entre la violencia organizada , el huracán ... , hay una población menor a un millón 400 mil personas.

Todo lo que ha pasado recientemente es tremendo porque se vive al día y de manera muy arriesgada. A veces no sé si eso también influye en que los acapulqueños tengan esta forma de vivir que, sin generalizar, también se ve en el Caribe: vivir de manera arrasadora, como diciendo “vamos a celebrar hoy porque es lo que hay” . Son contradicciones: vivir en situaciones de riesgo y, al mismo tiempo, aceptar el destino como si fueran personas realmente optimistas.

¿Cómo ha reconfigurado el crimen organizado esa forma de vida? Todo está situado ahí. El restaurante que está cerca de mi ex casa lo quemaron dos veces, ha habido balaceras allí, sigue sin abrir desde la última vez que lo quemaron, hace dos años. Hay un lugar que, cuando yo era chica, la gente mayor iba a bailar: el Copacabana .

También lo han quemado, se ha reconstruido varias veces. Eso reconfigura todo porque ya nadie va a poner un negocio en esa situación. Fui hace poco al Puerto de Veracruz, que fue asolado por los zetas, casi, casi destruido, pero en tres años se levantó. Vas a Boca del Río y te dicen: “aquí escribió Fernanda Melchor”.

Es ya como una atracción turística. Veracruz se reconstruyó. Mazatlán sigue en pie. Con todo lo que implica la cercanía a Culiacán, todavía hay una vida diurna posible, incluso nocturna, en ciertas zonas; hay franjas horarias para poder salir.

Acapulco, desde hace 10 años, sobre todo la zona tradicional que es la que me compete, está en toque de queda. Antes ibas al Zócalo y estaban las señoras vendiendo pan de Chilapa , ahora ya dejaron de trabajar ahí. Hay una o dos, pero están en el día. Ya no hay nadie en la tarde.

Imaginate que antes de Otis llevábamos diez años con problemas de electricidad y fugas de agua. CAPAMA es una institución completamente corrupta. Entonces, la extorsión y la falta de gobernabilidad hacen una combinación muy complicada. Ves a la población común y corriente en una situación, básicamente, un nivel más arriba de la indigencia.

Incluso hay maestros que desde hace años, en Navidad o en días de quincena, tienen que pagar extorsión, su derecho de piso, porque están boletinados. ¿Ves en el panorama alguna posibilidad de poner orden? No, eso es lo que rompe el corazón porque Guerrero es tan volátil. Si llega mano dura, en el sentido de políticas que realmente combatan la violencia, se va a poner feo; si llega mano suave, va a seguir igual.

Además, ahora estamos con el caso de los desplazados en la montaña. Hace poco, los cárteles desplazaron a pobladores de una comunidad con drones. Hay esa lucha entre cárteles y la población vive arrinconada. Hay un éxodo, una diáspora interna que vuelve complicado todo.

Sobre la función de la crónica, ¿qué importancia le das frente a los relatos breves y efímeros que tanto abundan actualmente? Cuando se publicó el libro, me dio un poco de culpa , porque cuando escribes siempre te da culpa lo que faltó o lo que le sobró. Yo pensaba que quizá tenía que haberle metido más datos duros o que le hizo falta más seriedad periodística, pero bueno, no soy periodista.

Yo creo que lo que te da la crónica es que puedes decir algo a ras de banqueta, a ras de la playa desolada, a las 9 de la noche, qué hay y qué no. Por ejemplo, una vez tuvimos una lectura de poesía con unos amigos en un cafecito chiquitito y un amigo poeta llevó la bocina de la escuela donde trabaja su mamá. Saliendo de ahí, no teníamos a dónde ir a tomar o cenar algo, nos fuimos a la playa.

No había nadie, eran las 9 de la noche. Teníamos que ir a un baño público y era un espacio muy extraño, coptado por hombres que no sabes si trabajan ahí, si son estibadores, pescadores o qué. Yo dije: “ya me voy a mi casa”, pero sales, te subes a un taxi y rezas porque es la única persona que va a pasar en las siguientes dos horas.

Creo que eso te permite la crónica , que yo te pueda contar cosas que vi o viví. No soy una corresponsal de guerra, simplemente soy una corresponsal del sitio , contar cómo timaron a la persona de la mesa de al lado o del buzo feliz porque pescó algo, ese tipo de cosas que completan el cuadro de lo que lees en las noticias.

Además, en el desaparecido Cine Roble un grupo de desconocidos detonó un cohetón. Una inspectora del gobierno dijo que, previo al atentado, hubo llamadas anónimas advirtiendo que "harían explotar una bomba debido a que esta persona filmó algunas escenas en el atrio de la Basílica de Guadalupe". A diferencia de aquellos fanáticos, Cabrera sí comprendió y apreció a Jodorowsky: —Las Fábulas pánicas me gustan mucho. De sus películas, La montaña sagrada me encanta.

Visualmente se nota que es la época en la que probó LSD. No creo que él haya estado dentro de la contracultura juvenil , pero sí desafiaba el arte tradicional mexicano: hizo El topo y a muchos jóvenes les voló la cabeza.

Vaya: tenía ganada su reputación de hombre escándalo y fue un chivo expiatorio ideal, porque lo agarraron como si fuera el líder de la fiesta; Charles Manson dirigiendo el culto satánico de esa noche... y el señor ni quería ir. La fiesta Durante algunos años, Cabrera reunió información y entrevistas para narrar la fiesta, pero pensaba que no tenía material suficiente y no podía escribir.

—Me decía: "No mames, ¿cómo vas a hacer un libro sobre una fiesta que duró dos horas?

". Hubo momentos de pánico —confiesa. Cuando colaboró en el libro La casa blanca de Peña Nieto , los coautores intervenían en la redacción y en la corrección del texto. Cuando escribió Debo olvidar que existí: Retrato inédito de Elena Garro , estaba muy familiarizado con el relato porque fue tema de su tesis.

En cambio, con Redada en una fiesta hippie eran otras circunstancias: Cabrera atravesaba un estado de depresión, su salud estaba disminuida y tuvo problemas con el consumo de sustancias. —La editorial me persiguió los últimos años: "¿Ahora sí vas a entregar?

". Y yo: "Sí, por supuesto", pero me hice bien pendejo. Él escribía, pero sin una estructura definida. Afortunadamente, en este camino estuvieron su familia y su círculo cercano.

Así fue como entre 2024 y 2025 se encerró en su casa, próxima al bosque del Ajusco, y empezó a escribir. The Velvet Underground acompañaban sus madrugadas de escritura. —Lo que destrabó las cosas fue que empecé a colaborar con el podcast Escándalo mexicano . En algún momento dije: "¡Güey, deja de darle vueltas y escribe como si fuera un podcast!

" . Lo que la gente quiere es ver acción. quería escribir un libro divertido, porque estaba muy aburrido del periodismo. Después de La casa blanca me cayó mucha mierda. Aunque reconoce el impacto de aquel reportaje, Cabrera temía que su trabajo se ciñera a investigar temas de corrupción y a revisar contratos.

Ahora cree que los periodistas han alejado a las audiencias del periodismo, por aburrido y monotemático. Por eso cree que el periodismo debe sorprender. —Creo que las historias frívolas y ligeras también se escriben con seriedad y profundidad. Y siento que mi fortaleza está en reportear; para investigar soy bueno y es lo que me da vida.

Además, quería contar algo que alegrara. Entonces volvió a sus apuntes y se dio cuenta de que la historia era más amplia: cómo Manuel Obregón Moreno organizó la fiesta, o cómo se propagó la invitación por la ciudad. Así se dio cuenta de que tenía "círculos concéntricos" y los personajes se conectaban. —No tenía la gran historia de cada uno de ellos, pero sí podía acomodar sus historias individuales, cortarlas en momentos dramáticos y dosificarlas.

Y como escenario, Cabrera plasmó los ecos de la masacre de Tlatelolco de 1968, el halconazo del 10 de junio de 1971, el mandato de Luis Echeverría e, incluso, José Agustín hace cameo: él no estuvo en la fiesta, porque estaba preso en Lecumberri , donde coincidió con los hermanos Obregón Moreno . Durante la escritura, Cabrera se dio cuenta de que la crónica se parecía al baile de los 41 homosexuales que ocurrió en la Ciudad de México a finales del porfiriato: también hubo una redada y los asistentes fueron exhibidos en la prensa.

Incluso, recuerda que en 2025 el Ejército, la Guardia Nacional y la policía irrumpieron en el clásico Multiforo Alicia , en la alcaldía Cuauhtémoc de esta ciudad, y suspendieron un concierto del artista catalán Fermín Muguruza; Además, desalojarón a los 400 asistentes. —Yo dije: "¿Estamos en los 80?

". Siento que el conservadurismo está asomado en una esquina . Simplemente no podemos dar por sentado que ya tenemos todas nuestras libertades: necesitamos cuidarlas. Mientras Cabrera recuerda estos eventos, dice que México es un país conservador que finge ser progresista, aunque haya una parte liberal de la sociedad.

"Esta dualidad mueve al país", sentencia. Como ejemplo, habla de los hermanos Obregón Moreno: mientras Manuel organizó aquella fiesta de 1971, Toribio se oponía. —Ellos también representan esas dos fuerzas que siempre van a existir. Se puede ver dentro de las propias expresiones de Morena: según son un gobierno progresista, pero está lleno de evangélicos.

Cuando Miguel de Cervantes escribió Don Quijote de la Mancha, la obra máxima de la lengua española, estaba rodeado de mujeres que, al pasar de los siglos, aparecen apenas mencionadas en su biografía. Es el caso de Isabel, la hija que el autor tuvo fuera de matrimonio y que las biografías suelen reducir a la etiqueta de “bastarda”.

Tras doce años de investigación, la escritora mexicana Martha Bátiz , radicada en Toronto desde 2003, reconstruye en la ficción la vida de Isabel y de las otras mujeres de la familia cervantina en Las Cervantas , novela publicada primero en Canadá con el título A daughter's place y luego reescrita en español. Lee también: Bajo La Potosina: Lowry y Zapata En entrevista, la autora habla de esta novela que nos traslada al ámbito doméstico del Siglo de Oro español, en particular al cuarto de costura, el oficio que permitió a estas mujeres sostenerse en una sociedad que las confinaba al espacio doméstico.

¿Cómo ha sido descrita Isabel por estudiosos de Cervantes y qué lugar querías darle en esta novela? Fue descrita en ensayos y biografías de Cervantes como una mujer ingrata, malagradecida, conflictiva, ambiciosa, en el mal sentido de la palabra, egoísta. A mí me parece, después de haberme paseado por los sucesos de su vida, que esa mirada es injusta, muy parcial.

No era una mujer perfecta, pero tuvo sus razones para hacer lo que hizo; era así porque creció en una taberna, tenía una cierta educación que cambió diametralmente cuando se fue a vivir con la familia de su padre, pero haberla mantenido siempre al margen, al no darle el apellido, al hacerla pasar por la servidumbre, se dio cuenta que estaba sola, que no pertenecía. Fue muy incomprendido el comportamiento hacia su padre.

Encontré una novela en España donde hablan de ella como “la bastardilla”. Eso es muy ofensivo y la disminuye. Era una mujer compleja, autónoma, valiente, inteligente y reducirla a su condición de bastarda es hacerle lo mismo que le hicieron en su sociedad. Yo quería ver la historia desde el punto de vista de la mujer, de la hija que recibe esos desprecios y está luchando por pertenecer y explorar las consecuencias de ese esfuerzo infructuoso.

Y sobre las otras Cervantas, Magdalena, Andrea, Constanza, ¿qué tanto se ha escrito sobre ellas? No mucho. Lo que hay sobre ellas son menciones en las biografías de Cervantes; hay recibos, se conservan muchísimos recibos. ¿Recibos de qué?

De sus trabajos como costureras, donde dicen, por ejemplo, que hicieron 10 camisas para un conde; recibos de cuando los hombres que les prometieron matrimonio no cumplieron. Los documentos de la Corte de Valladolid, donde les tomaron testimonio. Ahí están las voces de ellas mismas hablando, yo uso eso en la escena del juicio en la novela.

Dices que el libro es un tributo a esas hijas, madres, esposas cuyas vidas se han borrado para favorecer a una figura importante de la familia. ¿Tu propia historia personal cómo dialoga con la novela, siendo tu hija del maestro Batiz? Yo a mi papá lo amo. Fuimos siempre muy cercanos, es mi columna vertebral en muchos sentidos.

Lamento mucho que no esté aquí para ver este libro, tampoco lo vio en inglés. Es el gran dolor de mi vida. Como hija de alguien que hizo historia, porque es innegable que mi padre con su trabajo hizo historia en México, siempre ha sido algo de lo que estaba consciente, por momentos eso ha sido motivo de orgullo, en otros me pesó.

Irme a vivir a Canadá, donde nadie sabe y donde he logrado lo que he logrado sola sin que nadie diga: ‘Ah, es porque es la hija de…’, que era lo que me enfrentaba aquí, fue una liberación absoluta y también la prueba de ver si el perico es verde. Así que por supuesto que en esos diálogos de Isabel con Miguel hay mucho de las pláticas y de los enfrentamientos que yo tuve con mi padre cuando era más joven.

Hay mucho de eso ahí. En la novela vemos que, al interior de su hogar, las Cervantas tienen márgenes de decisión, ejercen cierta autoridad, pero salen al espacio público y la opresión es absoluta. ¿Qué significa para ti sacar a la luz esas historias de mujeres que quedaron confinadas en lo doméstico?

Es muy importante recuperar las historias de las mujeres valientes, porque tenemos siempre la idea de que no tenían agencia y que siempre estaban en su casa encerradas, oprimidas y que no tenían voz, opiniones y sí que las tenían. Tenían voz y deseos de libertad que les fueron cortados, como las Cervantas que lograron darle la vuelta a esa opresión y vivir su vida como les plació porque terminaron haciendo lo que se le dio su real gana.

Son historias que al patriarcado no le conviene que se sepan porque la idea es que las mujeres siempre vivían felices y tranquilas en su casa y el ámbito doméstico era el lugar de paz y amor. Para mí era muy importante mostrar cómo mujeres como ellas, con este deseo de vivir y de hacer cosas, rompieron un poco las reglas y enfrentaron las consecuencias con la frente en alto, el rechazo social, el ostracismo, ser vilipendiadas.

Todo lo que les pasó lo resistieron porque no querían estar subyugadas bajo el poder de un hombre. Y hoy en día estamos en un momento en el que vemos de nuevo ese peso masculino queriendo doblegarnos y vemos la violencia tremenda contras las mujeres, que es algo que a mí me preocupa muchísimo y que he abordado en mis cuentos constantemente y que está aquí también, la vulnerabilidad de la mujer a manos de su pareja.

Eso me hace pensar en el caso de Gisèle Pelicot. Yo la fui a ver a Toronto cuando fue a hablar y eran los escalofríos totales al oírla hablar de la violencia que vivió a manos del hombre en el que confió no sé cuántos años de matrimonio, con quien tuvo tres hijos adultos, nietos, todo.

Las mujeres no estaban a salvo entonces, no estamos a salvo ahora, pero lo que tenemos que hacer es estar conscientes de ese peligro y de que no podemos dar un paso atrás, que no podemos permitir que nos vuelvan a encerrar, a cortar libertades otra vez, que tenemos que luchar en contra de los totalitarismos teocráticos masculinos, patriarcales, para vivir nuestras vidas como cada una decida. Hablando de las teocracias patriarcales, me haces pensar en el poder que la Iglesia tenía en esa época del Siglo de Oro para restringir el actuar de las mujeres y cómo siglos después vemos renacer esos discursos de opresión en Estados Unidos y otros países.

Exacto. Está pasando en tantos lugares donde, además, hay tantas mujeres que apoyan esto y que dicen: ‘Ay, yo sí me voy a ir a mi casa a tener 15 hijos’. Yo digo que, si les funciona, bien por ellas, pero que no obliguen a otras mujeres a hacer lo mismo si no quieren. Así como ellas tienes la libertad de decidir eso, las otras deben tener la libertad de decidir otra cosa.

A mí me da pavor la idea de volver a pensar a la sociedad en términos de pecados. Ya estamos en el siglo XXI, eso ya debe estar rebasado. Si tú crees en eso, tiene que ser algo individual. Yo creo en la ley y en que quién comete un crimen está violando la ley del hombre.

La ley de Dios es para los que creen en eso. Imponer la ley de Dios sobre todos los seres humanos lleva a la catástrofe. Mira Irán, mira Afganistán, mira el sur de Estados Unidos. Es de terror.

Me dan ganas de gritar y de aullar del miedo. También hay otro discurso que está atravesado por lo religioso y el poder económico, el de las tradwives que comparten en redes sociales la vida idílica, tener 15 hijos en una granja orgánica perfecta. Sí. Eso si tienes un marido que te mantenga, que te ponga ese rancho y que te ponga todo.

Yo creo que si se hiciera un real tras bambalinas de eso, veríamos cómo se descose. No sé, tampoco puedo juzgar, no sé si cortarte las alas y vivir en una jaula de oro te da la felicidad, a lo mejor hay gente a la que sí, pero creo que la elección de meterse a la jaula tiene que ser de cada persona. No podemos permitir que nos metan a todas en la misma jaula.

El después Tras la publicación del libro, distintas personas que directa o indirectamente estuvieron involucradas en la fiesta buscaron a Cabrera. Uno de ellos fue Iván Lipkies , hijo de María Elena Velasco , la actriz que dio vida al personaje de la India María. Él tenía el recuerdo de que su madre estaba indignada por la forma en que la prensa exhibió a los detenidos, porque muchos eran amigos suyos.

Así que Lipkies revisó los archivos de su madre de esos años, que daba un sketch en Siempre en domingo . Lo que encontró fue un guion que escribió la actriz sobre la redada en la fiesta hippie. Cabrera busca el guion en su celular y me enseña la fotografía de aquella tarjeta. El personaje de la India María pregunta cómo era posible que la policía arrestara a 140 personas en una fiesta, mientras que había criminales sueltos.

—Tenía la esperanza de que una vez publicado el libro, más personas levantaran la mano. Ahora tengo como cinco personas identificadas que quieren hablar. Una de ellas es la artista Terry Holiday . Después de leer el libro, le dijo a Cabrera: "Todo lo que cuentas fue lo que vivimos".

Y además de los testimonios, del AGN surgieron más fotografías. —Te las muestro. Son una cosa bellísima, pero no vienen en el libro y me da coraje, es que las tengo desde abril. Mientras desliza las fotografías en la pantalla de su celular, hablamos de cómo el gobierno federal continúa fabricando enemigos culturales, y luego la plática se desvía al proyecto México canta.

Con esta iniciativa, "México y Estados Unidos quieren crear nuevas narrativas musicales", se lee en el sitio oficial. —Esa qué. Es superñoño. Que lo diga un panista o un priísta, ¿pero estos güeyes?

Lo mejor que pueden hacer es despenalizar la marihuana y dar buena información, porque la gente no sabe cuál es la diferencia entre cristal, fentanilo o LSD. Además, ¿dónde han sonado esas canciones? Con respecto a la contracultura actual, Cabrera opina que el rock diluyó su capacidad de escandalizar, aunque todavía hay artistas provocadores. Recuerda a Fabián Cháirez , autor de la pintura en la que Emiliano Zapata aparece desnudo, con tacones y montado sobre un caballo blanco.

La obra se exhibió en el Palacio de Bellas Artes , donde distintos grupos se manifestaron en su contra. Hoy puede verse, en formato mural, en el antro El Marra , un espacio emblemático de la comunidad LGBTIQ+ . —Desde mi entorno: shows de dragas, fiestas pervert , música tecnológica... todavía hay un pequeño underground un underground mexicano —concluye Cabrera. Antes de salir del MUAC, confiesa que, para él, investigar y armar historias es una necesidad emocional y espiritual.

"Es como un motor de vida", dice. Por eso ya trabaja en una nueva crónica que se conecta con Redada en fiesta hippie . La diferencia es que ahora no firmará contratos anticipados y escribirá sin presión en compañía de sus tres perros a la orilla del Ajusco. Si no existe la palabra desojada como sinónimo de estar sin ojos, David Toscana ha hecho necesario pronunciarla.

Mirarla, acariciarla como lo hacen los personajes, los quince mil anónimos coagulados en un párrafo de la historia del mundo. Anónimos que ahora llevan nombre a partir de la escritura de la novela ganadora del premio Alfaguara 2026, El ejército ciego .

Qué venganza más cruel, más efectiva en su sentido práctico y emocional pudo ser aquella que la historia registra cuando en 1014 el emperador bizantino Basilio, después de la victoria en la batalla de Klyuch, devuelve sin ojos a los quince mil prisioneros búlgaros a su tierra. Sólo uno de cada cien será el faro del grupo con un solo ojo.

Tuertos y ciegos marcharán de regreso a casa, volverán inútiles para ser un recordatorio permanente de la derrota y una carga continua para los demás. El zar Samuel morirá tres días después de verlos.

A partir de ese registro, apenas un suspiro en los anales de la historia, Toscana posa la perplejidad frente a semejante hecho, e imaginando lo posible, desmenuzando la conducta humana tanto en el largo trayecto de los mutilados de regreso a casa como ya entre los suyos, dignifica a los individuos, les concede un pasado y un presente ciego, les permite la tristeza, divertirse y sobrevivir. Les pone ojos de canica, que con tino vende el judío Moskono, los devuele inútiles a sus faenas, a sus familias, a sus amores, a otras familias que los adoptan fingiéndose padres para usarlos como fuerza de trabajo.

La voz de uno de ellos, un testigo que en primera persona se mezcla con los otros, se amalgama la retacería de las múltiples historias: la de Kozaro, el escriba, que posee el lenguaje aunque no tenga ojos, Prémeld el carpintero que labra muñecas que recuerdan a su hija perdida, Timotéi el titiritero, Nikifor el panadero, Apóstol, el espantapájaros que ciegos fracasan en sus oficios, producen engendros, absurdos, incomodidades, piedad.

Lee también: Reseña de Somos invisibles de Euprepio Padula ¿Y qué hacer con los ojos arrancados de sus cuencas por Maese Zósimo, el maestro saca ojos, acostumbrado a faenas breves pero no a la desmesura que lo enloquece, que muta por la posibilidad de injertar ojos de cerdo y que alguien tenga mirada de casquería ? Todo es posible, parece susurrarnos el autor, para llenar esos huecos oscuros, para fingir el color de los ojos, la mirada, para tener un lugar en el mundo, el respeto de los otros y que nadie nombre monstruo al padre y al marido que no puede mirar, aunque los ojos falsos sean un simulacro de días mejores.

Así David Toscana imagina el peregrinaje colectivo de aquel ejército ciego, un grupo informe que en el camino ha inventado un juego para pasar el tiempo bateando los glóbulos oculares, donde la identidad es también los ojos que llevas. Porque estos hombres no sólo llevan pena y ceguera a cuestas, como todos, quieren jugar y reír, tomar menos en serio su irreversible condición.

El mar estaba ahí para volvernos niños, y nunca hubo niños ciegos tan contentos en el mar . ¿Qué se hace con los ojos que ya no habitan el cuerpo? ¿Cómo se dispone de ellos? ¿Cuál es su funeral y su entierro?

Lee también: Los conocedores. Tres relatos de Cegador de Mircea Cărtărescu La agudeza narrativa de Toscana, desplegada en novelas anteriores donde la mirada sobre el absurdo y la crueldad, que no me atrevería a llamar humor negro sino una forma desnuda de mirar, se recarga en el lado ingenuo y dulce de nuestra condición. Por algo uno de los ciegos cuenta: Nuestra noche era eterna. La juerga también .

El lector recordará el absurdo tierno que aflora en Santa María del Circo con aquel grupo que se revela ante el nomadismo de su condición circense y se fuga para arraigar en un pueblo abandonado, abrazarse a la taza del escusado o en El peso de vivir en la tierra, donde un apasionado lector de los clásicos rusos hace de un puñado de regiomontanos personajes y autores de novelas. Toscana siempre sabe dónde está la sed de ser.

Nuestras cojeras y sueños, qué es lo que nos da una altura de vida que haga de lo mortal y vulgar soportable. Ser a través de la lectura, de los oficios, del amor, de cómo nos miran los otros, del papel de cada uno en la comunidad hasta el absurdo. Así de aquel ejército que llenaría un estadio de futbol, el autor desmarca y elige a ciertos personajes para atender su historia particular.

Les ofrece ese bautizo literario, les concede un lugar y un antes y un después de la ceguera. Pero la ceguera no es simplemente no ver, son dos oquedades en el rostro, es cómo nos ven los demás, cómo nos relacionamos con ese órgano esférico y dado por hecho, que ha reclamado su lugar en nuestras expresiones verbales: ver para creer, volver a verte, hasta donde la vista alcance, sin miramientos, y un largo etcétera con que nos movemos en el mundo.

Así la necesidad de despedirse de los ojos, de encontrar los propios, de solazarse en los más claros que eran diferentes a los de los demás, de qué surja un nuevo oficio: un fabricante de ojos para vestir el rostro, para que aquel monstruo que la esposa y los hijos se resisten a mirar pueda ocupar un lugar más amable en su paisaje cotidiano. Por la novela desfilan el carpintero, el herrero, el panadero, el padre, el esposo, el amante, el numerista que lleva la cuenta de todo y que se indigna con los números redondos para quienes los ojos son indispensables.

Resalta en la novela la prosa impecable, contenida, como si el bisturí de Maese Zósimo hubiese despojado de aquello inservible al texto, de lo que restara ritmo y pulcritud, belleza en medio del despropósito y lo descarnado de la mutilación. Sacar ojos fue una práctica común, la novela de David Toscana nos recuerda alusiones bíblicas en donde la crueldad y la exhibición de las partes del cuerpo forman parte del mito. Los senos de Santa Lucía, la cabeza de Jenofonte.

Edipo rey se saca los ojos y en una escena del rey Lear de Shakespeare, una de las hijas de Lear saca los ojos a Glocester por lo que considera su traición. Lo hace con una facilidad que nos estremece a pesar de vivir en una época donde cuerpos desmembrados y decapitaciones son prácticas intimidatorias de la delincuencia contemporánea.

Si El ejército ciego es parienta de El ensayo sobre la ceguera del Premio Nobel José Saramago, pues en ambas observamos la condición humana aflorando en todas sus dimensiones, las argucias para sobrevivir, el abuso y la corrupción, mientras la del portugués se hunde en la noche, la de Toscana parece iluminar la oscuridad con gestos y actos nobles. La novela de Toscana dialoga con una de sus novelas admiradas, que hace varios años leí contagiada por su emoción: El general del ejército muerto de Ismaíl Kadaré.

Un general es comisionado para desenterrar a los soldados italianos muertos en la Segunda Guerra Mundial en territorio albanés para identificarlos y repatriarlos. Los ejércitos, su propósito y despropósito, la pulverización del individuo ante la pertenencia a “un cuerpo armado, de combate” inquietan al autor que ha desenterrado del párrafo-lápida sobre quince mil ciegos, los sueños y las risas, las penas y las trifulcas, el sentido de pertenencia y de ser útil, les ha devuelto un nombre y un oficio y un lugar en su ciudad, y les ha dado una oportunidad épica, cuando Gavril Radomir prohibe la ceguera en su reino.

Quizás la escritura misma es esa prohibición a no ver, es un acto de aliento épico con el cual el autor distingue su voz y su mirada entre la multitud. La dignidad, parece decirnos Toscana, no se puede extraer con el bisturí, y es la palabra la que da luz y memoria a la ruindad de los humanos.

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